Expiadora
Armas

Expiadora

Rareza 5Espada ligeraDaño CRIT

Estadísticas por nivel

Nivel
ATQ674
Daño CRIT44,1 %
Expiadora — La espada ropera que solía empuñar un estafador que lo abandonó todo. En el pasado, la usaba principalmente para ocultar su identidad.
Español

Pacto letal

El Daño CRIT aumenta en un 20%. Cuando se incrementa el valor del pacto vital, el daño que inflige el portador de esta arma aumenta en un 16%. Este efecto dura 6 s y puede acumularse hasta 3 veces.

Personajes — Espada ligera

Historia

“Mamá, tú siempre nos enseñaste que la bondad y el trabajo duro acaban dando sus frutos. Pero a menudo, quienes se fijan en las buenas personas son estafadores, y la gente se aprovecha de quienes trabajan duro. Ya veo que tú también eras una mentirosa, mamá. Si no, ¿por qué estarías enterrada aquí? A pesar de ello, te quiero dar las gracias, pues por fin entiendo verdaderamente lo que nos enseñaste”. Para que un trozo de madera se convierta en un hacha, se debe hacer lo que sea necesario y no dejar que te ciegue el honor. Un traje que no te permite moverte cómodamente y una tela manchada de hollín, aceite y sangre pueden ser unos excelentes atuendos. En aquella época... No, seguiría sucediendo lo mismo aunque pasaran mil o diez mil años. Siempre habrá niños que se conviertan en adultos prematuramente y que escalen en la sociedad como abanderados de “la supervivencia del más fuerte”. Con su bondad, sus esperanzas y sus sueños como sustento, crecerán hasta convertirse en monstruos tan majestuosos como la ciudad de la superficie. Para él, ambas ciudades —aquella a la que llegaba la luz del sol y aquella a la que no llegaba— eran un hermoso y floreciente campo de caza. “Oh, ¿de qué familia procede usted, señorita? ¿Y qué la trae por el humilde Río Ceniciento?”. La joven aristócrata, que había llegado por error al Río Ceniciento, era la presa más valiosa para colgar de una hoguera. “Igual que unas nubes que tapan la luna, el miedo le ha oscurecido su hermosa cara”, pensó el monstruo. La joven reconoció al monstruo, pero este le preguntó algo que la desenmascaró: “Se le da a usted fatal mentir. ¿Sabe que acaba de admitir que no es de por aquí? Su ropa no está manchada ni de hollín, ni de aceite de máquinas, ni de sangre”. Él le extendió la mano y pensó: “No puedo dejar pasar esta oportunidad por nada del mundo. La telaraña ya está extendida. Debo aprovechar para infiltrarme en la familia más grande e ilustre de todas. Debo tomar las escaleras que van hacia el cielo, pues esa es la llave para abrir la puerta perlada. No puedo dejar que me abandone... y yo tampoco puedo abandonarla a ella”. “Leticia, amo tu noble e inmaculada alma”. Al decir eso en alto, sintió algo desagradable y extraño, pero aun así prosiguió... ... Cuando algo va a ocurrir, siempre hay señales. Era la noche previa a la tormenta inminente, y él, mucho más hablador que de costumbre, expresó su deseo más egoísta: “Leticia, ¿recuerdas que tú ya imaginaste un mundo así? Un mundo en el que el sol es tres veces más brillante que el nuestro, en el que la tierra es infinitamente fértil. Un mundo en el que las personas son libres como las aves y no hay ni diferencias que nos separen, ni engaños ni saqueos. En ese mundo, volaríamos por campos infinitos, ríos, lagos, montañas y valles. Hasta que encontrásemos un árbol en el que anidar, un sitio en el que construir nuestra propia casa. Allí, nadie nos molestaría y no tendríamos preocupaciones”. Es posible que en ese momento él ya supiera que la esperanza, tan pequeña y remota en otra época, se había desvanecido como el humo. O que, al igual que sus compatriotas, dicha esperanza se había hundido en un silencioso río de sangre hace tiempo. “Querida Leticia, piensa en los niños, esos retoños recién nacidos. No deberían llegar al mundo mientras este está sumido en el estruendo de los cañonazos. No deberían tener que crecer en un entorno sucio y lleno de fango. ¿Acaso tenemos que alimentar a nuestros hijos con lágrimas de furia y juramentos de odio? ¿Es que lo único que vamos a dejarles son sueños de preocupación y un futuro incierto?”. Tras decir eso, pensó para sí mismo: “En realidad, no hay nada de que preocuparse, pues todo está ya arreglado. Nuestro futuro... o mejor dicho, mi futuro no tendrá problema alguno”. Entonces, sintió una extraña sensación a la que ya estaba acostumbrado. ... Por aquella época, él ya llevaba mucho tiempo sin juntarse con la aristocracia. Cuando le preguntaban el porqué de su traición, decía: “Lo hice por dinero y estatus” o “Lo hice por la seguridad de ella y de los niños”. Ya ni siquiera él sabía cuál de estas dos frases era un pretexto y cuál su verdadera razón. Al fin y al cabo, hasta un estafador se terminaría creyendo sus propias mentiras después de haberlas dicho un sinfín de veces. Entonces, al final de todo, cuando su esposa le hizo la misma pregunta, él seguía sin tener clara la respuesta. Sin embargo, recordó la promesa que le había hecho: que al menos ellos dos podrían mantener su pacto original.

Contribuciones
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