Estadísticas por nivel
| ATQ | 510 |
|---|---|
| Prob. CRIT | 27,6 % |
Español
Balada de la víbora
Aumenta la Recarga de Energía en un 20%. Cuando el portador de esta arma golpea a un enemigo con su Habilidad Elemental o Definitiva, obtiene una carga de “salmo de la Inmaculada”. Este efecto puede acumularse hasta 3 veces y solo se puede obtener una carga cada 0.03 s. Al alcanzar 3 cargas, se eliminarán todas las de salmo de la Inmaculada y se obtendrá el efecto de “mentira viperina”, el cual aumenta el daño de las reacciones de Destello Estelar de todos los personajes cercanos del equipo en un 24% durante 12 s. Durante este tiempo, no se podrán obtener más cargas de salmo de la Inmaculada. Estos efectos se pueden activar incluso cuando el portador está en tu equipo pero no en uso.
Personajes — Arco
Historia
En los tiempos en que la antorcha sagrada de la Estrella Albina aún no ardía, el Jardín Plateado de Veneter era un refugio tan conocido como Kitezh. Las hadas de todos los clanes entonaban alabanzas al benevolente nombre de la Señora de los Vila, a quien aclamaban como la santa que había disipado el frío invernal y aliviado su dolor. En efecto, incluso en medio del caos de la guerra y de los ríos helados y teñidos de sangre, Vaselisa von Strivozha jamás fue enemiga de nadie. Los innumerables cantos de las generaciones venideras la ensalzaron como una persona pura, benevolente y sincera, gentil y cálida como la brisa primaveral. Por eso mismo, en una noche gélida tan fría como la escarcha y la nieve, un aristócrata que no tenía adonde acudir golpeó las magníficas puertas de Veneter. Se trataba de un héroe de guerra que en el pasado había servido al Bebesangre, un ilustre general que había derrotado en múltiples ocasiones a las fuerzas de la Estrella Albina en el campo de batalla. Sin embargo, le despojaron de todos sus títulos por haber aconsejado abiertamente a su cruel señor que no masacrara a los nixies que aún eran sus aliados. Su esposa e hijos fueron ejecutados con el castigo del águila de sangre, y los súbditos que le rendían tributo sufrieron un brutal saqueo a manos de su guardia personal, que dejó los campos llenos de cadáveres. Lo único que quería aquel héroe de guerra era que la misericordiosa santa le allanara el camino y le concediera una audiencia con el joven Zar para poder arrodillarse ante él. La santa de Veneter escuchó en silencio lo que le contaba, y en sus pupilas verticales verdes como el jade pronto asomó un brillo cristalino de compasión. “Alrekr Jarízleivich, mi buen hombre, mi héroe... ¿Cómo no voy a llorar por quienes murieron injustamente? Traiga a mis tierras a sus súbditos sobrevivientes, a esos refugiados exhaustos y empobrecidos, a esas personas que gimen de dolor. Mi jardín siempre tendrá las puertas abiertas para todas las almas que han padecido un gran sufrimiento. Y en cuanto a usted... Espero que también pueda hallar aquí su descanso”. La hermosa dama, conocida por su dominio de la perfumería, sirvió personalmente un cálido y fragante hidromiel a su exhausto invitado, y luego se arrodilló sumisamente para quitarle las botas al viejo general... ... Y cuando el líquido dorado de la copa hizo que la sangre plateada de su garganta se atascara, ella borró con calma la emotiva tristeza de sus ojos. Aún no había despuntado el alba cuando aquellos secretos capaces de alterar el curso de la guerra habían llegado hasta la mesa del rey de los volkodlak arrastrados por el viento. Días después, colocaron el féretro cubierto de seda roja y blanca en un trineo y los vasallos lo escoltaron hasta la Corte de la Estrella Albina. La santa de Veneter caminó personalmente junto al féretro y cayó de rodillas ante el joven Zar Monómaco, deshaciéndose en un llanto inconsolable. Sumida en un dolor que le quitaba las palabras, no cantó ninguna elegía fúnebre, sino que dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas como perlas y empaparan su inmaculado vestido blanco. Gluvasha, que en aquel entonces aún era una sirvienta, inclinó la cabeza en señal de duelo ante el Zar y, con voz temblorosa, relató las salvajes atrocidades de los volkodlak: “Mi señora acogió a los súbditos sobrevivientes, pero no pudo evitar que los espías del Bebesangre envenenaran a aquel valeroso general... Solo usted, majestad, solo su benevolencia puede salvar a las innumerables almas que lloran en esta tierra yerma y despiadada”. A través del velo de sus lágrimas, ella pudo ver en los ojos del joven, azules como la bóveda celeste, un odio benevolente y compasivo. Sí... Que la más noble de las iras se agite como olas gigantescas, que el orden aplaste al orden y que el acero aplaste al acero. Pero el viento siempre será viento: suave, escurridizo, libre, sin forma, cambiante y nunca atado a ilusiones vanas. ... En el camino de regreso a casa, el carruaje avanzaba sobre la nieve, que no se había derretido desde tiempos inmemoriales. La santa se secó la lágrima que le caía por el rabillo del ojo y dirigió la mirada hacia su vasallo de semblante sombrío. “Focio, no te contengas y dilo de una vez. Di que estás descontento. No hace falta que pongas siempre esa cara”. El joven vila, que había sido seleccionado como sirviente gracias a su habilidad para preparar elixires, bajó la mirada con nerviosismo, esforzándose por ocultar lo que estaba pensando. “No... Sus decisiones siempre han sido de una perspicacia admirable. Alguien tan necio e insignificante como yo jamás se atrevería a cuestionar su sabiduría. La única respuesta que obtuvo fue una suave y amable risa. “Otra vez igual, Focio. Confías ciegamente en quienes consideras sabios, hasta el punto de que prefieres no pensar por ti mismo. Te preocupa que el soberano de la Estrella Albina descubra la verdad y cuestionas mis actos. Ambas son cosas perfectamente válidas. Monómaco no sospechará. Confío plenamente en su benevolencia, y además... ¿qué razón tendría para no creer en mis lágrimas? El soberano de los volkodlak quería convertir el viento en un filo con el que romper huesos, mientras que el Zar de la Estrella Albina deseaba hacer del viento una espada sagrada con la que purificar la inmundicia. Todos ellos deseaban que el viento obedeciera su voluntad, que siguiera el estandarte de los fuertes y soplara en la dirección que ellos anhelaban. Pero, Focio, el viento no le pertenece a nadie, y mientras siga soplando, nadie sabrá en qué dirección sopló en el pasado”. La santa de Veneter dejó que su dulce sonrisa se desvaneciera, y en sus pupilas verticales de color verde esmeralda se reflejó el rostro del joven, que aún conservaba cierto aire de inocencia. “Aprende de Gluvasha. La vanidad y la arrogancia son venenos que destruyen cualquier linaje. Lo único que puede soplar eternamente es la suave brisa”.