Hálito Glacial
Armas

Hálito Glacial

Rareza 4LanzaRecarga de Energía

Estadísticas por nivel

Nivel
ATQ510
Recarga de Energía45,9 %
Hálito Glacial — Una lanza de hielo firme envuelta en un frío punzante. Dicen que, en un pasado remoto, perteneció al Zar Belyi que gobernaba Snezhnaya.
Español

Lanzamiento lejano

Tras causar una Reacción Elemental Cryo o Hydro, el ATQ del portador de esta arma aumenta en un 20% durante 15 s y tus demás personajes del equipo regeneran 6 pts. de Energía Elemental. Este efecto solo se puede activar una vez cada 16 s.

Personajes — Lanza

Historia

“Si preguntas por lanzas más poderosas... lo cierto es que existen, por supuesto”. Monómaco le preguntó una vez a su maestra sobre este tema en un descanso entre sesiones de entrenamiento tan duras que ni siquiera un hada podría imaginar fácilmente. En aquel entonces, el joven parecía un abedul despojado de toda su corteza blanca, o las cenizas apagadas de un horno que ha perdido hasta el último rastro de su calidez remanente. Jadeaba en busca de aire sobre el hielo, pero sus ojos transparentes brillaban con un frío destello, ardiendo en deseos de alcanzar la cima de su talento marcial. Al contemplar su joven y frágil, aunque obstinada figura, la princesa carmesí de las nieves se inclinó en silencio. Y, extrañamente, había un atisbo de nostalgia en aquellos gélidos ojos que habían sobrevivido a las ruinas de la ciudad dorada. “Una vez, en la ciudad dorada perdida, contemplé una lanza que podría incluso derribar al Señor del Cielo...”. “Yo... ¿no creo que pueda hacerlo?”, preguntó el joven inocente y sincero con cautela, en voz baja. “Por supuesto que no puedes. Ni siquiera podrías vencerme a mí”, respondió la princesa. “Preguntaste si existían lanzas más poderosas en este mundo, no si podías o no aprender a usarlas. Yo también vi en su momento una lanza asestar un golpe capaz de atravesar las vastas llanuras heladas y reducir a polvo oleadas enteras de demonios. Como una flecha disparada desde un arco, atravesó ríos y montañas en un solo instante”. “¡Me gustaría aprender a hacer eso!”. El joven, sincero e inocente, se puso de pie con entusiasmo a pesar del cansancio. “Así, podré proteger a más... ¡Arg!”. “Empieza por aprender a mantenerte firme, muchacho”. La princesa carmesí de las nieves suspiró y no dijo nada más sobre un pasado que ya no tenía sentido. Los años pasarían, congelando el calor de las enseñanzas de antaño, y los fuegos de la guerra engullirían en llamas los lejanos parajes del norte. En medio de un mar de sangre y conflicto, Monómaco, quien había jurado convertirse en rey, seguiría perfeccionando sus habilidades con la lanza. Más y más lejos... Hasta que su lanza arrojada cayera como una estrella de plata, aniquilando a todo enemigo que se interpusiera en el camino de la compasión. ¡Que atraviese al nixie oculto en las profundidades del Lago Helado! ¡Que atraviese al toro que acecha entre los claros del espeso bosque! ¡Que atraviese incluso a la gran bestia, poderosa como una montaña! Ese era el arte supremo de la lanza, le contó la Kniazhna Sanguinaria, quien había masacrado incontables hadas en una era pasada. Había algunas divergencias entre esto y el arte que ella misma le había enseñado, sí, pero eso era irrelevante. ¡Santo, santo y santo! ¡Santo es nuestro Zar Monómaco, invicto conquistador de incontables inviernos, el padre más majestuoso y misericordioso! Tanto las hadas como los humanos se postraron ante el trono de la Estrella Albina, y juntos entonaron alabanzas al rey que había unificado los vastos reinos del norte. Sin embargo, el corazón del dios que los gobernaba a todos en nombre del amor se sentía cada vez más perplejo. Su destreza en combate no tenía rival, y tenía la fuerza suficiente para atravesar glaciares y mares embravecidos. Pero nunca logró recrear lo que su maestra le había descrito: la lanza que en un instante había atravesado incontables y vastas extensiones de nieve. Incluso con todas sus fuerzas, al arrojar su lanza como si fuera una flecha disparada por un arco, solo había logrado cruzar la mitad de Snezhnaya... Seguramente, pensó Monómaco, es porque aún no soy lo suficientemente fuerte. La maestra nunca mentiría. Pasaron miles de inviernos, y el reino cubierto de nieve dio la bienvenida al rugido de los engranajes y al acero fundido. El valiente y sabio viejo emperador visitó en persona un taller ardiente, contemplando la recién iniciada producción en masa del armamento más extraordinario. Al contemplar las creaciones forjadas de acero y hielo primordial que los artesanos habían bautizado como “mosquetes”, Su majestad, el Zar Monómaco, el más severo, el más misericordioso y el más sabio, cayó en un largo silencio... Sí, era cierto. La maestra nunca había dicho que las “lanzas” de la ciudad dorada fueran arrojadas, ¿no?

Contribuciones
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