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El último cantor
Tras usar la Habilidad Elemental, la Maestría Elemental del portador de esta arma aumenta en 100 pts. durante 20 s.
Personajes — Catalizador
Historia
Atravesando las ruinas de un antiguo palacio, a orillas de Ámsvartnir, situado en el confín de los páramos, se encuentra el sereno bosque sagrado. Dicen que quienes sean capaces de romper las ramas doradas del bosque podrán encontrar la corte real de los Seelies, invisible durante el día. Se trata de un territorio sombrío al que no llega la luz celestial, una nación olvidada por el tiempo y el espacio. Quien solía gobernarlo ya no está, de modo que en él solo quedan jardines descuidados desde hace mucho tiempo y salones desprovistos de todo color. Sin embargo, por algún motivo desconocido, en el palacio que debería estar vacío se escuchaba la insonora elegía de una joven. “El gran artesano del cielo tejió el destino de todos los seres con unas cuerdas doradas. Aquel era el plan divino del cielo, el cual solo había que seguir para alcanzar la felicidad universal. Sin embargo, los ignorantes también pueden soñar, y en sueños, ella divisó otro futuro. Vio que los humanos construían una torre que llegaba al cielo, y que el santo de la torre era el enemigo del cielo. Vio a una bestia, la cual era aún más grande que una montaña, liberándose entre rugidos de las cadenas de la tierra. Vio a las tres lunas iluminando el mar, y al dragón gigante de tiempos inmemoriales emerger como la marea. Sin embargo, todos esos sueños se desvanecieron cuando se despertó. Era como si nada hubiera ocurrido. Lo único que quedó fue su inefable mirada, que refulgía como la luz de las estrellas. ¿Aquello era amor? ¿O tal vez una ilusión mezclada con esperanza, ambición y el deseo de morir? Lo cierto es que ya no importa, pues la historia de ambos terminó y se convirtió en el réquiem del paraíso. El grito de los insectos en las noches otoñales de tiempos pasados es el coro de los exiliados, la canción más antigua de la humanidad. Despojados de toda forma y de un hogar con dioses, lo único que les quedaba eran las canciones y los recuerdos. Así, los últimos cantantes y los primeros Seelies tocaron la melodía final en el salón de los ángeles”. El lobo que una vez llegó hasta aquí ya se había marchado, dejando tras de sí un sueño inacabado que perseguía una ilusión.