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Secretos perdidos de la escarcha
El portador de esta arma obtiene el efecto de “pacto de sangre argénteo”, de manera que, por cada personaje Cryo que haya en el equipo, la Maestría Elemental del portador aumenta en 24 pts., y por cada personaje Electro que haya en el equipo, su ATQ aumenta en un 4.8%. Estos efectos pueden ser proporcionados por un máximo de 4 personajes Cryo o Electro. “Esplendor: Destello Estelar”: cambia el efecto de pacto de sangre argénteo, de manera que, por cada personaje Cryo o Electro que haya en el equipo, la Maestría Elemental del portador aumenta en 20 pts., y su daño de Destello Estelar aumenta en un 6%.
Personajes — Catalizador
Historia
Cuenta la leyenda que los snegovik nacieron del primer destello dorado del amanecer, de la primera escarcha besada por la estrella del alba. Sus almas eran más gélidas que el propio invierno, y solo el amor podía hacer que sus corazones rotos volvieran a estar completos. Cuando despertó de un letargo tan profundo como la muerte, la sirvienta de fulgor cerúleo aún no había olvidado la calidez y gentileza de su antigua señora. Aquella fue una nación que se atrevió a soñar, una nación en la que quienes albergaban valor y esperanza alzaban la mirada hacia las estrellas. La Señora del Alba le quitó la maldición con sus propias manos y liberó a los suyos de tener que someterse al destino. Incluso ella, tan insignificante como un grano de nieve, pudo hallar la felicidad en aquel sueño dorado. Sí... ¿Cómo iba a olvidarlo? La felicidad prometida estuvo una vez tan cerca... Sin embargo, la gran ciudad dorada se había derrumbado como un alud, y de sus innumerables sueños vanos solo quedó la pálida plata de la muerte. Los supervivientes de la nación caída vagaron exiliados por las invernales tierras heladas, devorando la carne y bebiendo la sangre los unos de los otros para seguir con vida. Los fuertes se aprovechaban de los débiles, las hadas se extinguían como efímeras, y ni hablar de los mortales, cuyas vidas eran tan cortas. “Miren a esas bestias feroces, miren en qué han convertido el sueño de mi madre. La gran ciudad dorada ha caído... ha caído... y se ha convertido en el sepulcro de todo lo inmundo y abominable. Si solo yo puedo proteger a los descendientes de mi señora... entonces, que la deuda de sangre se pague con más sangre”. La antepasada de los snegovik, que jamás conoció el amor, purgó a aquellos de su propia estirpe que también odiaban a los humanos. Además, acogió sin reservas en su gélido territorio a los clanes mortales que se habían visto obligados a vivir en el exilio. Los colores carmesí y plateado fluyeron por igual como ríos, y su vestido quedó teñido por un sinfín de alaridos... Sin embargo, cuando aquellas gentes temblorosas alzaban la mirada hacia ella, esta no veía amor. El rey de los volkodlak, que moraba en las profundidades del bosque, fue a ver en persona a la cruel y sanguinaria snegúrochka para proponerle una tregua y suplicarle que dejara de masacrar a las hadas de su especie. Estaba preparado para pagarle tributo y arrodillarse, pero lo que nunca imaginó fue que ella le preguntaría qué es el amor: “Eh... Su excelencia, ¿acaso lo que usted ha hecho no ha sido por amor?”. Al ver que la reina loca, cubierta de sangre, no bajaba la lanza, el Señor de los Volkodlak de Chirnareka no tuvo más remedio que hablar: “El amor es miedo. Todo ser de carne y hueso conoce el miedo: el temor a perder aquello que aprecia. Usted usa el miedo para mantener a sus mortales como un ganado dócil, y nosotros hacemos lo mismo. Por eso no tendríamos por qué ser enemigos...”. Antes de que pudiera terminar de hablar, un destello plateado ya había atravesado la garganta del Señor de los Volkodlak. Desde entonces, pasaron muchas eras de las hadas. Tiempo después, un joven, aún inocente e inexperto, se perdió en la ventisca. Tras seguir a los exiliados hasta los dominios de la snegúrochka, esta descubrió sus orígenes y lo acogió como discípulo. Entre los despiadados entrenamientos diarios, la maestra que día tras día le enseñaba a amar le preguntó qué era el amor: “¿Eh? ¿M-me lo pregunta a mí? No lo sé, pero creo que el amor debería consistir en compartir las cargas y perdonar. ¿No fue eso lo que me dijo usted, maestra? Para construir una nación que se atreva a volver a soñar, debemos compartir la carga tanto en la gloria como en la adversidad. En la nación del amor no debería existir el dolor. Solo compartiendo la carga y mirando hacia el mañana podremos... ¡Ah!”. Antes de que pudiera terminar de hablar, un destello plateado ya había atravesado la roca que había a sus pies. Así, el sucesor que había escogido ella misma terminó despidiéndose y emprendiendo un camino del que innumerables poemas cantarían en los años venideros. Cuando el bullicio que tanto la hastiaba se desvaneció, la escarlata Kniazhna Sanguinaria se dio cuenta de que el deseo que albergaba en su corazón se estaba volviendo cada vez más tenue. Su señora la había liberado de la maldición que anclaba su destino, pero ella nunca llegó a encontrar una nueva ancla. Un alma que ha perdido todo vínculo con el mundo es como la nieve que se desvanece: está destinada a perecer en silencio entre el viento. La antepasada de los snegovik, temida por incontables mortales y hadas, sintió por primera vez un profundo miedo. “Ah... Si no sigo derramando más sangre, algún día, hasta yo terminaré olvidando el sueño de mi madre. Debo seguir matando, matando, matando... hasta que su alma se sumerja en una ciénaga de sangre aún más profunda y, de ese modo, no se desvanecerá...”. Y así fue como alguien procedente de una nación caída, cuya vida era tan larga como una noche de invierno, se encontró con otra persona tan efímera como el rocío del alba.