Testimonio Escarlata
Artefactos

Testimonio Escarlata

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Español

Dominios

Piezas

Agradecimiento por tu Devoción

Agradecimiento por tu Devoción

Flor de la Vida

Un adorno floral de un color rojo intenso. Simboliza una gloria tan ardiente como el fuego.

Historia

La Srta. Guillotin estaba sentada en la plaza central de Snezhnogrado mientras tomaba un tazón de borsch al aire libre y café caliente mezclado con licor, tal como hacían los lugareños. El café se enfrió a los pocos minutos de que se lo sirvieran por culpa del viento gélido, pero aun así, al beberlo, le quemó desde la garganta hasta el estómago. La Srta. Guillotin, perspicaz como nadie, comprendió de inmediato por qué el camarero de orejas puntiagudas le había recomendado pedir una doble ración de aguafuego. Le había costado bastante llegar desde Fontaine hasta Snezhnaya, y la mayor parte del tiempo lo había pasado en las llanuras nevadas. El clima era más frío de lo que había esperado, pero el camino no le resultó tan difícil como pensaba. Lo que realmente la retrasó fue aquel lugar tan extraño. Se topó con gente que se lanzaba con el torso desnudo desde árboles de más de diez metros hacia montones de nieve, y vio a niños compitiendo sobre un lago congelado para ver quién rompía primero el hielo y caía al agua. El desafortunado era el ganador, así que también era quien más contento se ponía. Todo aquello era aún más difícil de entender que los cuentos de héroes contra dragones de Alain, porque, aunque no parecía tener ningún sentido, le resultaba de lo más novedoso. Hace tan solo unos meses estaba sentada en un banco de la Corte de Fontaine con una taza de té en la mano, mientras observaba a través del aire húmedo y brumoso cómo renovaban el edificio de enfrente y mataba el tiempo señalando los defectos al equipo de construcción. El encargado de supervisar la obra no se molestó en absoluto. Al contrario, le agradeció sus observaciones, lo cual le causó una buena impresión a la Srta. Guillotine y le permitió tolerar esa charla espontánea. Aquel individuo se presentó como el maestro de la división del Gremio de nosequé y hablaba con un tono tan monótono que daba sueño escucharlo. Habría sido una buena oportunidad para descansar, pero desde que Alain se fue, ella siempre tenía demasiado tiempo para quedarse absorta en sus pensamientos y cabecear, así que se había acostumbrado a permanecer en un estado entre el sueño y la vigilia mientras se ocupaba de los asuntos que no tenían que ver con su investigación. Por ejemplo, el Palacio Mermonia le había otorgado una generosa compensación por el fallecimiento del duque Alain Guillotin. Ella no quería aferrarse a esos Moras como una avariciosa hasta morir de vieja, porque evidentemente eso no iba a pasar, ni tampoco quería que en unos cientos de años su historia se convirtiera en un relato de terror sobre una marioneta embrujada en un sótano. Había oído que un banco cercano ofrecía buenos planes de inversión, pero un banco extranjero ya de por sí parecía una trampa, y por mucho que aquel maestro de la división del Gremio elogiara su generosa financiación, no iba a convencer a la astuta Srta. Guillotin. O, por ejemplo, ¿cómo podía existir en el mundo un pan tan amargo como el café negro, o una bebida que sabe a pan? Alain le había preparado muy meticulosamente un sistema de gusto y sensibilidad térmica idéntico al de los humanos, así que ¿cómo podía ella verificar que dichas funciones operaran de manera estable al exponerse durante mucho tiempo a bajas temperaturas? El excesivamente amable maestro de la división del Gremio seguía relatando anécdotas sobre aventuras en tierras lejanas, intercalando de vez en cuando algún halago hacia ella. Decía que, incluso a ojos de los aventureros más experimentados, una dama como ella era una erudita excepcional, y que limitarse a quedarse allí a corregir errores estructurales de edificios era un verdadero desperdicio de su talento. Así pues, la Srta. Guillotin dejó su taza de té vacía y decidió probar una bebida con sabor a pan. Junto a una mesa en un lugar cubierto de nieve y hielo, conoció al director de los Fatui. En ese momento, ella estaba pensando en cuán viejo sería realmente el Restaurante Podvorye, mientras observaba a un volkodlak aún más torpe que Pulonia intentando mantener en equilibrio una bandeja llena de copas rebosantes de vino. En medio de aquella situación tambaleante, el hombre enmascarado le describió un ideal que trataba sobre intentar salvar el mundo. Él dijo que un destino irracional no era más que unos grilletes que debían romperse, y que destruir el viejo mundo equivalía a salvarlo. El destino y la salvación del mundo eran temas que ya había escuchado antes, pero en ese momento le parecieron algo forzados. “Ay, Alain...”, suspiró en sus pensamientos. “Me concediste un alma libre y excepcional, pero ¿alguna vez pensaste en lo que haría con ella?”. Sin embargo, enseguida se dijo que eso no era problema de Alain, sino que se trataba de un dilema que le correspondía resolver a ella misma. La historia del héroe que empuñaba una espada sagrada y del dragón al que debía (o no) derrotar ya era cosa del pasado, y sin embargo, el mundo seguía esperando la salvación. Poco tiempo después, comenzaron a llamarla “La Títere” o “Sandrone”, y con ello vinieron las responsabilidades que exigían esos nombres. En sus ratos libres, volvía a sentarse en aquel asiento familiar y contemplaba a lo lejos la ventana del Gremio de Aventureros. La recepcionista, Katheryne, permanecía de pie con elegancia, como si ninguna ventisca invernal pudiera perturbarla jamás. Alguien había pegado en un tablón de anuncios cercano la programación de obras del teatro, así como un cartel de reclutamiento de los Fatui. Este último llevaba impresa una flor de un color rojo intenso, más llamativa que las faldas de las actrices al danzar. Eran las medallas prometidas a quienes se consagraran a la causa con devoción. Una vez que entendió el sentido del Gremio de Aventureros en lo más profundo de Snezhnaya, Sandrone dejó de sorprenderse por todo aquello. Los Fatui estaban criando una bestia llamada “ideal”, la cual se alimentaba de talento e información. A veces, cuando se encontraba distraída en sus pensamientos, sentía que ella también formaba parte de todo ello.

Gloria a tus Hazañas

Gloria a tus Hazañas

Pluma de la Muerte

Una pluma de escribir de un color rojo intenso. Le fue entregada a la sangre más joven.

Historia

En teoría, a excepción del Zar Belyi, que recibió su autoridad divina del cielo, las demás hadas no tenían la responsabilidad de velar por los humanos. Sin embargo, eso no impidió que algunas de ellas anhelaran la vida humana, como si caminar a sus anchas por las tierras heladas careciera de gracia alguna, y abrigarse bien mientras luchaban por encender un fuego fuera algo mucho más digno de disfrutar. De hecho, Mirko fue uno de los que se adentraron en el mundo humano por voluntad propia. Sin embargo, jamás admitió que amara o anhelara a los humanos, sino que simplemente decía que fue una decisión de gran visión de futuro. Solía observar las cosas y sacar sus propias conclusiones. Por ejemplo, que si uno analizaba la composición de un grupo hasta el nivel individual, todo se volvía bastante complejo, pero, a grandes rasgos, esa composición podía clasificarse en tres categorías: los más jóvenes, los más antiguos y los que estaban entre medias de los dos, que eran un caso perdido y sin remedio. Las hadas, o cualquier otra criatura, suelen tener una gran capacidad de adaptación cuando son jóvenes. El entorno las moldea y lo disfrazan con el bonito nombre de “encontrar su identidad y propósito en la vida”. Se unen al ejército o se dedican a la investigación con mucho entusiasmo, contribuyendo con acciones concretas al esplendor de la Zarina. Sin embargo, una vez que superan cierto umbral de edad considerable, muestran una actitud ambigua y se dejan llevar por la corriente. Por ejemplo, cuando la Zarina sucedió al trono, una de las primeras cartas de felicitación que recibió provenía del remoto Lejano Norte. De no haber sido porque la firma pertenecía a alguien cuyo nombre estaba dentro de la lista de duques y duquesas, cualquiera habría dudado de si el remitente seguía siquiera con vida. En cuanto a quienes estaban en el medio, puede que se negaran a creer que su majestad hubiera perecido en el desastre, o tal vez no pudieran aceptar que el poder real ya no estuviera en manos de alguien de su misma especie. Así pues, su obstinada furia ardió con verdadera intensidad, al menos durante un breve instante. Burlarse de un compatriota suele ser considerado como algo despreciable, pero Mirko no pudo contenerse. Tampoco había nada malo en admitirlo: al fin y al cabo, entre los calificativos que se le dan a un político, “despreciable” es de los más benévolos. Y si se combina con una gran visión de futuro, se convierte más bien en la virtud de saber adaptarse a los tiempos. Tras reflexionar un momento, Mirko decidió solicitar su ingreso en los Fatui. Se sentiría bastante decepcionado si la Zarina no lograba ver sus intenciones. Si incluimos a aquella bruja dentro de la categoría de los humanos, entonces esta organización, cuyo nombre significaba “necios”, todavía no había asignado ninguna vacante para las hadas. Mirko no pretendía embellecer sus motivos diciendo que “quería luchar por los derechos de todas las hadas”, sino que simplemente pensaba que, si un nuevo mundo estaba a punto de nacer, quería que en este hubiera un lugar reservado para él. Los Fatui dieron una respuesta sumamente concisa a su solicitud: “Sr. Mirko Radovídovich Veleshek”, leyó su propio nombre en silencio. “Preséntese ante la alcaldesa”. La Sra. Ioanna Ivánovna, alcaldesa de la ciudad, también ocupaba el cargo de presidenta del Veche de Snezhnogrado, por lo que cada persona interpretaba la situación de manera distinta. Aquellos ajenos al asunto pensaban que obligar a un hada a inclinarse ante una humana en calidad de su estudiante era una advertencia de su majestad la Zarina hacia los tiempos pasados. Creían que, al tener que soportar semejante humillación con tal de asegurarse un puesto entre los Fatui, El Gallo o bien estaba cegado por la ambición, o bien estaba dispuesto a doblegarse y pasarlo mal para luego alzarse. Naturalmente, un político astuto y previsor jamás negaría tales juicios a la ligera. Claro que tenía ambición, y la prueba de ello era el gran aprecio que le tenía la presidenta Ivánovna, lo que le daba posibilidades de convertirse en su sucesor; y claro que lo había pasado mal, pues la Sra. Ivánovna era una experta en tejer teorías conspirativas y borrar todo rastro de su propia participación en ellas. Al principio, quizás por sus piernas cortas, Pulcinella siempre iba un paso por detrás del razonamiento de la alcaldesa. En resumen, Pulcinella había aprendido de los humanos toda clase de cosas útiles e inútiles: cómo ser leal y cómo sembrar la discordia; cómo diseñar estrategias y cómo fingir tener una estrategia; cómo tener mal genio y cómo ocultarlo... Esto le permitía presidir el Veche con total calma mientras por dentro se moría de ganas de atravesarle las pantorrillas a Pantalone con una lanza. Es cierto que tenía las de perder en lo que respectaba a tener al Gremio de Aventureros de su lado, ya que la mayor parte de su trabajo se concentraba en el territorio de Snezhnaya. “Espera y verás”, pensó con rabia. Aunque el presidente nominal fuera ese lunático sonriente, no iba a permitir que todo el dinero y el poder terminaran en sus bolsillos. Por otro lado, los humanos también habían influido en algunos de los hábitos de este domovói. Tras el fallecimiento de la Sra. Ivánovna, Pulcinella no pudo evitar empezar a pensar en quién lo sucedería a él. En realidad, era absurdo pensar demasiado en ello, ya que mientras tuviera el suficiente cuidado, probablemente podría vivir hasta el fin de los tiempos. Quizá algún día se hartaría de tener que buscar constantemente la forma de lidiar con colegas de lo más estrafalarios. Sin embargo, el ideal del que les había hablado la Zarina coincidía con la grandiosa visión que él tenía en su corazón, así que al menos debía perseverar hasta el día en que ese ideal se hiciera realidad... ¿no? Ahora bien, el hecho de dejar de pensar en un sucesor no impidió que, mucho tiempo después, se fijara en cierto joven. Era obvio que Ajax no poseía ninguna de las cualidades necesarias para ser político: en primer lugar, porque ya tenía una maestra a la que había elegido hacía tiempo y no tenía la intención de ser discípulo de nadie más; y en segundo lugar, porque si tuviera que elegir un orientador, la opción más adecuada sería El Capitán. Así, del mismo modo en que la Sra. Ivánovna había visto cómo él cambiaba, Pulcinella también observó cómo creció Nobile. Tras una reunión matutina, le mencionó el asunto con sutileza a Capitano, quien estaba a punto de partir hacia Natlan. Al día siguiente, divisó a lo lejos la radiante sonrisa de Tartaglia: “¡Mire! Acabo de despedirme de El Capitán y me dio esto...”. Pulcinella reconoció de inmediato lo que había dentro de la caja. Era una pluma estilográfica de las que se repartían entre los soldados durante los primeros años en que los Fatui reclutaban tropas en el exterior. No había perdido su color a pesar de los siglos, señal de que la habían conservado con sumo cuidado. Pulcinella asintió con amabilidad. Al igual que el porvenir, que constantemente pasa de generación en generación, aquello también formaba parte de su visión de futuro.

Tiempo Concedido a Ti

Tiempo Concedido a Ti

Arenas del Eón

Un reloj de bolsillo de un color rojo intenso. Registra el tiempo límite de una conversación.

Historia

Casi al mismo tiempo que los carteles de reclutamiento comenzaron a aparecer en los tablones de anuncios de Snezhnaya, Pulcinella ya había acondicionado varias habitaciones tranquilas y cómodas para utilizarlas como consultorios de atención psicológica. “Consultorio de atención psicológica” era el nombre interno. Fuera, solían llamarlas “salas de reunión” o “salitas”, como si necesitar ayuda psicológica fuera una enfermedad vergonzosa que había que ocultar. También existía otro nombre: “cuarto oscuro”, aunque nadie sabía quién lo había inventado y Capitano se oponía rotundamente a esa denominación. En un principio, los Fatui formaron psicólogos relativamente profesionales para hacer frente a todo tipo de problemas. Sin embargo, en la práctica, muchos soldados no estaban dispuestos a abrirse ante desconocidos. Preferían buscar ayuda de personas en quienes confiaban para poder contar en un entorno sin interrupciones aquellas historias que no querían sacar a la luz. O simplemente para llorar. Así que el bondadoso Pulcinella relajó un poco las restricciones y, siempre que aprobaran la reserva de la sala, cualquiera podía pasar unas horas charlando con el compañero que hubiera escogido. Naturalmente, Los Once también gozaban de este derecho. Capitano se topó una vez con Lohefalter saliendo de allí mientras se empolvaba el rostro con una borla, seguida de cerca por Pulcinella, que le sostenía el bolso en alto. Él no tenía intención de entrometerse en los asuntos privados de Signora, y el señor alcalde era alguien que sabía guardar un secreto, así que ninguno de los dos volvió a mencionar el asunto. En otra ocasión, se topó con una situación similar: una noche vio a Dottore y Pantalone salir juntos de aquella planta entre risas. Como era de esperar, poco después Pulcinella les soltó una reprimenda monumental (“¿Acaso no pueden ir a charlar a cualquier otro sitio? ¡¿Tenían que ocupar un bien público?!”) y declaró que tomaría medidas al respecto (“¡Que el encargado rechace sin piedad la solicitud de esos dos desgraciados la próxima vez!”). Lamentablemente, aquellos dos nunca más volvieron a reservar el consultorio de atención psicológica, así que lo que Pulcinella tenía preparado quedó en el aire, lo que le causó una mayor frustración. Capitano tampoco sabía qué decir. Le compró una botella de buen vino a Pulcinella y nunca le preguntó si llegó a bebérsela. En la vida privada de sus colegas, Capitano era como un hombre invisible. Estuviera o no presente, los demás charlaban sin reparos a menos que el tema se pusiera demasiado intenso. Todos sabían que El Capitán jamás contaría los secretos de nadie. A veces, él mismo se sentía como una sala de reuniones móvil que registraba en silencio todos los cuchicheos que oía. Sin embargo, eso no le resultaba ruidoso. Al fin y al cabo, tras años de entrenamiento, su propio corazón a veces hacía más ruido que sus colegas. Sentado en el consultorio, era como una pequeña habitación dentro de otra, y luego dentro de otra más... hasta que su alma quedaba comprimida justo en el centro, acorralada por todos lados. La sala de reuniones no era muy grande y tenía las gruesas cortinas corridas. No se trataba de que Pulcinella fuera demasiado tacaño, sino de que existía la teoría de que, cuando las personas se encuentran en un entorno pequeño y cálido, les resulta más fácil confiar las unas en las otras. Capitano no sabía de dónde provenía esa teoría, pero tras pensarlo un momento, se quitó el casco y lo dejó con cuidado a un lado. En aquel entonces, su rostro aún no daba tanto miedo. Solo parecía tener unas cuantas cicatrices más que se resistían a sanar, y bajo una luz tenue no llegaba a resultar espeluznante. Quien lo había invitado a conversar era un estudiante al que había entrenado tiempo atrás y que, tras completar su formación, se unió a una unidad de operaciones especiales. Capitano sabía lo que había ocurrido con su escuadrón, así que ya tenía una idea de lo que iba a tratar la conversación. Los habían enviado a una zona remota a sofocar unos disturbios. Se suponía que era una misión relativamente sencilla, pero los supervivientes que regresaron estaban todos completamente fuera de sí. Al final, no quedó más remedio que recurrir a Dottore, quien logró resolver el problema. Capitano estaba presente en ese momento y, movido por su sentido de responsabilidad, preguntó: “¿Qué es ese medicamento que les has administrado?”. “¿Este?”. Dottore sacó en el acto otro frasco de vidrio sin abrir y se lo entregó con generosidad. “Es un sedante de alta potencia”. Esa cosa seguía en su bolsillo, pero esperaba no tener que usarla ese día. El soldado de enfrente parecía agotado. Con la única mano que le quedaba, abría y cerraba su reloj de bolsillo una y otra vez, como si intentara comprobar que el tiempo estaba pasando. “Aunque mucha gente sigue sin creérselo, le aseguro que todo lo que está en el informe es cierto”, dijo el soldado con una sonrisa amarga. “La gente de ese lugar no tenía idea de quién era su majestad la Zarina, y seguían creyendo que estaban en la era del Zar Belyi. Al principio nos llamaron ‘lacayos de las hadas’ y ‘monstruos de cuatro ojos’. Nos arrojaron agua y dijeron que iban a limpiar nuestro pecado de deserción y nuestra fe falsa... Sí, ¡la situación fue así de absurda al principio! No tenían ni un arma decente y alguien a mi lado incluso se echó a reír. El capitán del escuadrón se acercó despacio para intentar razonar con ellos y decirles que estábamos en la era de los humanos, que ya no necesitábamos... Y después... lo que pasó después...”. Capitano había leído el informe. Era el registro que habían dejado los supervivientes tras recuperar la consciencia, al cual Dottore añadió algunas anotaciones después de realizarles un examen médico. La conclusión que sacó fue que los lugareños padecían una histeria colectiva de origen viral provocada por haber practicado el canibalismo durante mucho tiempo. Los soldados enviados a aplacar la situación terminaron presentando los mismos síntomas tras entrar en contacto con fuentes de agua contaminadas, aunque su grado de infección era menor y aún podían salvarse. Más tarde, Dottore diseñó un nuevo protocolo de tratamiento y observó los efectos del medicamento con las manos cruzadas en la espalda, como si fuera un médico de verdad. Aquella situación era lógica. El “médico” se colocó bien los lentes y, al entrecerrar los ojos, se asemejó a una persona distinta. Viviendo en un lugar tan aislado y con condiciones tan hostiles, no se podía esperar que tuvieran otra comida disponible. Capitano suspiró al escucharlo, sin ganas de perder el tiempo rebatiendo esas palabras tan frías como acertadas. ¿A quién le arrancaron la garganta de un mordisco? ¿El brazo de quién terminó en el estómago de quién? ¿De verdad todo eso podía explicarse con lógica? “Olvídelo”, dijo el soldado, interrumpiendo tanto su relato como los recuerdos de Capitano. “Mi psicólogo me dijo que el día que pudiera narrar con calma todo lo que pasó, significará que estoy curado. ¡Qué tontería!... Perdón”, se disculpó de inmediato con la cabeza gacha y volvió a mirar su reloj de bolsillo. “Solo reservé una hora, así que no quiero quitarle demasiado tiempo... En realidad, solo vine a despedirme”. Una vez que el soldado se marchó, Capitano observó lo que había dejado tras de sí: una medalla con una flor roja, una pluma estilográfica, una licorera, un casco reparado que parecía casi nuevo y un reloj de bolsillo que no sabía si lo había dejado a propósito o si simplemente se había olvidado de él. Capitano sospechaba que aquellos objetos no pertenecían a una misma persona, sino que simplemente habían coincidido allí para estar juntos. “Espero que pueda guardar estas cosas, Sr. Capitán”, había dicho el militar, que ya había decidido retirarse del servicio. “O también puede dejárselas a quienes nos sucedan. Ojalá tengan más suerte que nosotros... o sean un poco más fuertes”. “No deberías pensar así”, reflexionó Capitano sobre unas palabras que no llegó a pronunciar. En realidad, quienes logran seguir viviendo ya son lo suficientemente fuertes.

Libación de tu Sangre y tus Lágrimas

Libación de tu Sangre y tus Lágrimas

Cáliz de Eonothem

Una licorera de un color rojo intenso. Mejor que no sepas qué es lo que solía contener.

Historia

En la primera noche, permaneció de pie con las manos a la espalda en un bosque de abedules blancos en el que el gélido viento calaba hasta los huesos. La nieve que se pegaba a sus lentes resultaba más molesta que la que le caía sobre el rostro, por lo que se los quitó y los guardó en el bolsillo del abrigo. A diferencia de lo que muchos pensaban, Zandik entendía muy bien a los seres humanos. En primer lugar, un ser humano completo tiene doscientos seis huesos, la mayoría piensa con el cerebro y, por lo general, sienten miedo al verse asustados o amenazados. Además, para mantener el rigor, al describirlos siempre empleaba términos como “completo”, “la mayoría” y “por lo general”, a fin de evitar posibles refutaciones basadas en casos particulares. Por último, logró demostrar que su comprensión más profunda sobre el ser humano radicaba en reconocer sus posibilidades infinitas. En la segunda noche, se sentó junto a una débil fogata y compartió su cena, que consistía en una mezcla de plantas y trozos de carne animal, con algunos aldeanos. Una mujer de cabello negro y rostro repleto de arrugas atizaba la leña, intentando avivar las llamas. Zandik estaba seguro de que la mujer no tenía idea de por qué hacer eso servía para avivar el fuego. Simplemente lo hacía porque sus antepasados habían hecho lo mismo y obtenido el resultado deseado, de manera que esa solución no escrita se había transmitido de generación en generación. Zandik también pensó que la mujer debía de ser más joven de lo que aparentaba, y lo mismo con los demás aldeanos, pues la gente que ha tenido una vida dura siempre envejece más rápidamente y su corazón está más lleno de rencor. En esta ocasión, el objeto de su rencor era el frío, el hambre, las hadas, las hadas de rango superior y los humanos corruptos que se habían sometido a ellas. A Zandik ya le habían advertido de que, en aquel lugar, la visión del mundo era muy anticuada, así que se ahorró la sorpresa. Curiosamente, las enfermedades y la muerte no figuraban entre las cosas a las que los aldeanos tenían rencor, probablemente porque, mientras uno aún vive, lucha por propio instinto, pero una vez muerto, al menos les ahorra problemas a los demás. Por lo general, en estas circunstancias, el hecho de que aparezca un extraño se percibe como una amenaza y suele infundir temor entre los habitantes originales. Pero, por suerte, Zandik, que tan buen conocedor era de la naturaleza humana, estaba bien preparado, ya que los trozos de animal antes mencionados eran obra suya. ¿Cómo podía existir un lugar tan perfecto? El hielo y las ventiscas bloqueaban toda interferencia del exterior, como un mundo dentro de un cascarón que está dentro de otro mundo dentro de otro cascarón. Allí, el comportamiento humano era más primitivo y el curso de la historia se había detenido. Aquel lugar debería haber dado origen a infinitas posibilidades. Y, cuando Zandik hablaba de las posibilidades del ser humano, no siempre lo hace en un sentido positivo. Dejando a un lado el uso de aparatos externos, no hay diferencia alguna entre un cerebro humano sumergido en un tanque de agua y uno conservado dentro de un cráneo. Siempre y cuando se puedan simular las señales adecuadas, el cerebro responderá de la forma prevista. Mientras Dottore vertía los materiales de su experimento en el tanque de agua, no muy lejos se escuchó la voz de un niño que le preguntó: “¿El dibujo que hay en tu frasco es una mariposa?”. El niño debía de ser muy curioso para atreverse a salir de casa y observar sus experimentos en una noche tan gélida. Si hubiera sido un poco más curioso y corrido un poco más lejos, quizás habría encontrado una vida mucho más interesante al cruzar aquel bosque de abedules blancos. Para premiar su curiosidad, Dottore le lanzó el frasco vacío y le dijo que aquello no era una mariposa, ¡sino un monstruo de cuatro ojos! El niño retrocedió un paso del susto y el frasco carmesí cayó solitario sobre la nieve. Como esa reacción de miedo era predecible, Dottore perdió el interés de inmediato y volvió a concentrarse en sus asuntos. En la décima noche, ya tenía mucha menos agua y comida en su bolsa, las cuales habían sido reemplazadas por registros detallados sobre experimentos con fármacos psicoactivos. Los resultados fueron tal como había previsto: el control mental inducido por los fármacos podía funcionar en ambas direcciones. Tanto la estimulación como la sedación tenían sus aplicaciones pertinentes, ya fuera en interrogatorios de prisioneros o en tratamientos psicológicos, y seguramente ambos generarían un margen de ganancias bastante favorable. Los resultados del experimento eran alentadores, pero eso también significaba que el tiempo personal de Zandik estaba a punto de terminar. A continuación, debía regresar a la fortaleza de los necios para volver a ser Dottore y dedicarse a asuntos más... humanos. “Qué lejos está”, pensó apesadumbrado mientras miraba en dirección a Snezhnogrado. Ojalá pudiera operarse el cerebro para viajar cómodamente en tren, como hacían las demás personas.

Homenaje a tu Fe

Homenaje a tu Fe

Tiara de Logos

Un casco de un color rojo intenso. Ojalá haya protegido a alguien.

Historia

Pantalone estaba sentado en el teatro como una estatua. Lo único en él que daba señales de vida era su dedo índice, el cual agitaba de vez en cuando al ritmo de la música. La función de ese día no era de ningún autor ni obra célebres, así que en las gradas inferiores había bastantes asientos vacíos. Aun así, él había venido y estaba sentado a solas. Su doctor prefería que pasara el tiempo en lugares públicos, ya que así no podía hacer nada que fuera perjudicial para su propia salud. Además, era casi imposible que alguien que no fuera un compañero de trabajo lo asaltara de repente en el palco privado de los Fatui, lo que hacía que aquel fuera prácticamente el mejor lugar en el que podía estar. Los actores del escenario no dejaban de cantar sobre el amor y la tolerancia, pero las historias conmovedoras nunca habían sido del agrado del público en Snezhnaya. No es que a la gente no le gustaran los finales felices, sino que para alcanzarlos, los personajes deben atravesar una serie de penurias y sufrimientos para poder expresar la amargura que llevan dentro en nombre de los habitantes de estas tierras gélidas. Uno debe romper las cadenas de lo podrido y avanzar con dificultad a través de bosques y ventiscas para tener la oportunidad de vislumbrar a lo lejos la cúpula de un mundo más cálido. Pero, en realidad, la cosa no acaba ahí, ya que ese mundo aparentemente cálido tampoco es tu hogar real. Si no se te considera digno y lo único que puedes hacer es suplicar por una compasión que no mereces, las cosas no cambiarán para ti; y, a pesar de ello, tampoco tienes la opción de volver atrás. Esa es la lección que aprendió, porque una vez que esos grilletes te atrapan de nuevo, las cadenas se vuelven aún más fuertes, y si quieres liberarte otra vez, lo único que te queda es esperar una oportunidad, incluso aunque esta te acabe arrastrando a un destino aún peor. Una vez, sacó ese tema en una conversación casual. Su lugar de origen recurría a la violencia y las ataduras para intentar domar a los inadaptados e indisciplinados. La tierra natal de su amigo, en cambio, optaba por el destierro. Incluso de una misma estrechez de miras podían derivarse posibilidades distintas. Al decirlo, ambos se echaron a reír al unísono, como si cada uno hubiera encontrado placer en el sufrimiento del otro. La felicidad solo se asomó de vez en cuando durante los primeros veinte años de su vida, por ejemplo, el día en que su madre lo vendió a un cobrador de deudas, o el momento en que ganó una fortuna a costa de un alto funcionario y creyó, erróneamente, que tendría la oportunidad de ascender hasta su rango. Sin embargo, esto no quería decir que estuviera satisfecho con el precio al que lo habían vendido ni con la fortuna que ganó en aquel entonces, sino que en su subconsciente percibía el futuro potencial de revalorización (¿cómo iban a vender a alguien dos veces en la vida? Jaja). Aunque aquella mujer finalmente encontró la oportunidad de deshacerse de un engendro desobediente, él también aprovechó para alejarse de aquellas tierras heladas que ni las bestias querían visitar, y de la vida descuidada de su “padre adoptivo” aprendió a hacer que el dinero generase más dinero. Aunque aquellos aristócratas confabulados con bandas lo atrajeron a una trampa usando la ilusión del dinero, en lo más profundo de esa trampa se hallaba una conexión con una fuerza más poderosa que los propios aristócratas. Y todos estos giros inesperados ocurrieron después de que dejara de rezar a los cielos, lo que lo llevó a cuestionar aún más las reglas establecidas de este mundo. Tras perder la admiración por los dioses y rodearse de los inadaptados de este mundo, obtuvo el derecho a ser reclutado por los propios dioses. No sabía si una historia de terror como esa enfadaría al público, pero por suerte tampoco tenía intención de compartirla con nadie. Con el canto que acompañaba el acto final de la función, alguien irrumpió por la puerta sin previo aviso. Solo una persona era capaz de hacer algo tan desconsiderado como interrumpir mientras los demás disfrutan del desenlace de una obra. Y si la nueva miembro de Los Once hubiera estado presente, sus maldiciones habrían causado el doble de molestias. Hablando de la nueva compañera, Pantalone la encontraba de lo más interesante. Desde el momento en que llegó, expresó su descontento con todos los procedimientos internos, una señal perfecta de la rebeldía que debía caracterizar a un miembro de Los Once. El plan de Pulcinella de utilizarla para sacar tajada del Gremio de Aventureros había fracasado estrepitosamente, pues era imposible que aquella joven hiciera caso a las calumnias de aquel político hipócrita. Además, sus creaciones se habían encargado de todo ese pesado trabajo de recepción, y aunque en apariencia no podía mostrarse demasiado entusiasmado, Pantalone le había cedido a Sandrone con total sinceridad los beneficios que le correspondían. Esto se ajustaba al principio de una transacción justa, por lo que él lo aprobó por completo. Pantalone ya había estado distraído durante toda la función, así que tampoco le importó demasiado el desenlace. Se puso de pie y se volvió hacia Dottore, quien era evidente que acababa de regresar a Snezhnogrado. Por la expresión de este, supo que todo había salido bien. Dottore había propuesto una nueva hipótesis experimental, y él conocía justo el lugar perfecto para llevarla a cabo. Esto también se trataba de una transacción justa, por lo que él lo aprobó por completo.

Contribuciones
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