Sombra de la Melodía Dorada
Armas

Sombra de la Melodía Dorada

Rareza 4MandobleProb. CRIT

Estadísticas por nivel

Nivel
ATQ510
Prob. CRIT27,6 %
Sombra de la Melodía Dorada — Una espada pesada y ornamentada con oro. Cuenta la leyenda que, en un pasado remoto, fue el arma predilecta de un gran afinador.
Español

Contrapunto del día y la noche

Cada 10 s, el portador de esta arma interpreta una “serenata armoniosa” que otorga el efecto correspondiente en el siguiente orden: ATQ +18%/Maestría Elemental +120 pts./daño de reacciones de Destello Estelar +28%. Cada efecto de la serenata dura 10 s y se puede activar incluso cuando el portador de esta arma está en tu equipo pero no en uso. Tras causar una reacción de Destello Estelar, también otorgará una “serenata armoniosa: polifonía” durante 12 s con el mismo efecto que la serenata que se estaba interpretando al momento de causar la reacción de Destello Estelar. Este efecto se puede acumular con el efecto original de la serenata, y solo se puede activar una vez cada 12 s.

Personajes — Mandoble

Historia

En el sereno corredor de mármol, la sagrada melodía de la armonía eterna fluía suavemente entre los dedos del músico. El querido amigo de cabello dorado acarició su suntuosa túnica púrpura e inclinó la cabeza para susurrarle al oído al músico. “Mi buen amigo, mi hermano, alza la cabeza y mira a esos ignorantes esclavos”. Aunque la voz era dulce como la miel y suave como una canción, estaba impregnada de una arrogancia que no se molestaba en disimular. “Necios plebeyos, que confunden la ardua labor que tú y yo llevamos a cabo con un frívolo derroche de placeres. Es una verdadera lástima... que un solo tan sublime deba caer en el barro más mundano”. El músico dejó de tocar, sin rebatir nada, y se limitó a suspirar. Así era. Aunque pudiera hacer resonar los huesos de la tierra y obrar milagros que los mortales ni siquiera podían imaginar, la responsabilidad de la afinación, de purificar la amarga tristeza de todas las aguas, no era más que hacer arder la propia alma como si fuera leña. El sufrimiento, el dolor y el rencor que fluían por los grandes canales debían ser armonizados y purificados por ellos, para que el rey divino que mora en el palacio dorado pudiera hacer realidad su gran y trágico deseo de salvar a todas las almas. “No permitas que el orgullo y la arrogancia nublen tu visión, amigo mío, hermano mío. Fuimos ascendidos precisamente para guiar y salvar a esos ignorantes esclavos de los que hablas. Si solo sientes desprecio por ellos, ¿cómo vas a hacer sonar la melodía perfecta e inmaculada de nuestro sebasto?”. Su amigo de cabello dorado soltó un resoplido despectivo, lo reprendió duramente por su debilidad y, acto seguido, se sentó a su lado y rasgó las cuerdas de su lira. Sus pensamientos deberían haber sido perfeccionados, pero lo que vio mientras se disipaba el eco de las cuerdas fueron las imágenes remanentes de su pasado. En aquel entonces, él también había sido uno más del pueblo de antaño, ignorante y lleno de lo que hoy sabía que no eran más que débiles esperanzas. Pero la luz lunar de color aguoso y las dulces palabras susurradas acabaron por desvanecerse entre el estruendo de los cuernos de guerra, dejando tras de sí solo juramentos imposibles de cumplir. Quizás nunca debió convertirse en afinador, pensó, pues jamás había albergado ningún ideal grandioso. Simplemente seguía esperando, como siempre había hecho, que los descendientes del Supramar pudieran sufrir un poco menos. “Ella nunca creyó en los dioses, pues quienes verdaderamente creen en ellos no cometerían atrocidades en su nombre”. Así se lo había confesado su compañera, tan bondadosa como una hermana mayor, suspirando ante la crueldad de aquellos bárbaros que no conocían la fe. Sí, ella desde luego no creía en los dioses, pensó él. Pero ¿acaso era diferente su propia actitud hacia el sebasto del palacio dorado? Si a ella le hubiera tocado ascender, también se habría postrado ante nuestro sebasto. Si fuera él quien decidiera vengarse, también habría proclamado falsamente venir en nombre de los dioses. El músico, el altivo músico, el músico que no se consideraba altivo, siempre lo creyó así. Convencido de poder descifrar el dolor no expresado en los corazones de todos, igual que leía los pensamientos de ella. Y así pasó mucho tiempo. Hasta que aquella rebelde fantasía se disipó en la luz, hasta que los rencores del pasado se extinguieron por completo y las voluntades dispersas encontraron paz en las corrientes del agua, hasta que, en el último momento, al mirar al viajero de cabello dorado, el músico por fin comprendió... Comprendió que nadie puede afirmar que comprende el corazón de otro hasta que llega el momento final. No solo era ella. El fervor de su mejor amigo, la bondad de su compañera, los grandes planes del rey divino... No podía afirmar que comprendiera ninguno de ellos al completo. Quizás todas las serenatas de este mundo no sean más que fragmentos dispersos, incapaces de entrelazarse... Y aquellos seres que flotan y se hunden en el Supramar, al final, solo resuenan como ecos en su propia soledad. Pero eso ya no importaba. Ya era irrelevante. Todos los sueños, nobles y viles, puros e impuros... Todos ellos convergían en las aguas como si fueran finas gotas de lluvia, como las lágrimas que ella había derramado al abrazar su cuerpo destrozado, desapareciendo silenciosamente en las sombras de la sinfonía del día y la noche.

Contribuciones
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